10 de diciembre de 2022

El gigante rojo. Una historia del baloncesto soviético.

Los autores Marc Bret y Nacho Morejón nos traen un librazo de Historia del Baloncesto, el recorrido del baloncesto soviético desde sus inicios en la década de los cuarenta hasta su implosión a finales de los años ochenta y principios de la década de los noventa del siglo pasado. 

Hay que agradecer a los autores su gran labor de investigación, que se nota tanto en testimonios de primera mano de los protagonistas como con una buena colección de fotos, muchas de ellas que pertenecen a los archivos privados de los que posaron para ellas o de sus familiares. 

La historia del baloncesto soviético es, por derecho propio, historia del baloncesto mundial. La polarizacion política del mundo durante gran parte del siglo XX tuvo un fiel reflejo en el deporte, utilizado por ambas superpotencias como un elemento propagandístico ideal para ensalzar las virtudes del sistema político y económico propio. Podríamos quizás hablar de una guerra templada, como contrapartida a la guerra fría del momento. 

 

Desde el principio del régimen bolchevique, el deporte tomó un lugar principal en sus esfuerzos. Promovieron las espartaquiadas como una suerte de juegos olímpicos del proletariado, al principio acotadas a los pueblos que formaban parte de la Unión Soviética y, después de la Segunda Guerra Mundial, ampliada a los países que se integraron en el Pacto de Varsovia. 

Dentro del deporte en general, el baloncesto era una de las joyas de la corona, por lo que ello representaba. Los inventores y reyes indiscutibles del baloncesto eran la némesis del régimen soviético. Por eso, derrotarles en la cancha sería un sucedáneo de hacerlo en los campos de batalla, sin los riesgos de una guerra nuclear que ya se oteaban en el horizonte. 

El libro explica con todo lujo de detalles cómo se trabajaba la base baloncestística, la organización de las competiciones locales y el reparto de los mayores talentos. Todo estaba subordinado al éxito de la selección en competiciones internacionales mientras que en las domésticas se intentaba favorecer al equipo del Ejército Rojo en Moscú, el TSKA que compitió de tú a tú con equipos occidentales, principalmente italianos y el Real Madrid, que apareció después del dominio del ASK Riga del gigante Janis Krumins y de un personaje que se convertirá en factótum del baloncesto: Alexandr Gomelski. 

El verdadero gigante rojo
 

La Unión Soviética desarrolló programas que consiguieron arrollar en los Eurobasket desde 1947 hasta 1971, con once títulos de trece posibles, hasta la irrupción de Yugoslavia como potencia europea (con una filosofía de reparto de talento entre sus equipos). 

En los campeontatos del mundo también se cosecharon éxitos, si bien más dispersos y poco satisfactorios porque los equipos enviados por Estados Unidos no tenían la misma entidad que los que enviaban a los Juegos Olímpicos. 

Eran los Juegos la joya de la corona del baloncesto mundial, y ahí chocaban los soviéticos una y otra vez contra un muro hasta el polémico triunfo de 1972, efectivo en lo propagandisticio, pero poco satisfctorio en lo deportivo. Esperaron dieciséis años hasta conseguir vencer en Seúl en 1988, derrotando en semifinales a un equipo estadounidense que contaba con dos números uno del sorteo universitario, David Robinson y Danny Manning, pero dirigido en el banquillo por John Thompson, de infausto recuerdo, que no supo sacar partido de un equipo que contaba además con Dan Majerle y Charles Smith. 

Por el lado soviético, el maquiavélico Gomelski sí lo hizo de un equipazo con Volkov, Marciulionis, Sokk, Tikhonenko, Belostenny, Tarakanov, Kurtinaitis, Homicius, Miglieniks, Pankrashkin, Goborov y un renacido Sabonis. 

El gigante rojo somete al capitalismo
 

Pocos podrían esperar que al pico máximo le seguiría tan rápido el valle más profundo. Decepción en el Eurobasket 89 y un Mundobasket 90 en el que ya no participaron los lituanos. La URSS no participó en el Eurobasket 91 y en los JJOO de Barcelona lo hicieron bajo denominación de CEI, sin los estados bálticos que ya habían declarado su independencia. 

Toda esta epopeya, con sus personajes, sus luces y sus sombras, está contada de forma amena en el libro. Salen a la luz circunstancias que ya habían estado bajo sospecha, como que la causa de las sorprendentes ausencias de jugadores o técnicos (Mishkin o el propio Gomelski, por ejemplo), se debían a causas políticas o haberles pillado con contrabando en algún viaje de gira por el extranjero, en el que los participantes se aseguraban ingresos extra que ayudaban a paliar las duras condiciones de vida en un sistema comunista. 

Eran otros tiempos, más duros. Agentes KGB y comisarios políticos acompañando las expediciones, algunos jugadores actuando como soplones de sus compañeros a cambio de mayores privilegios, el sistema de recompensas con los que se motivaba a los jugadores como conseguir un coche sin lista de espera u obtener un piso o apartamento más grande... Parece todo sacado de una película o de un libro. 

Con todo, la historia del baloncesto y del mundo no se entiende sin el baloncesto soviético y la larga lista de nombres míticos que ha dejado detrás.

El gigante rojo. Una historia del baloncesto soviético no es un libro solo aconsejable a los aficionados a este deporte, sino a todos aquellos lectores que estén interesados en la historia del siglo XX.

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